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Hoy quisiera contaros como fue mi experiencia con la lactancia y los motivos que me llevaron a abandonar demasiado rápido.
Estando embarazada leí mucho acerca de la lactancia y de lo beneficioso que era para el bebé y la madre. En ningún momento me planteé no intentar lactancia materna pues siempre tuve claro que era el mejor regalo que podía hacerle a mi hijo.
Mi niño nació por cesárea programada y por protocolo médico no me dejaron reunirme con él hasta transcurridas varias horas. Ambas cosas hicieron que la subida de la leche tardara casi una semana en producirse. En ese tiempo cometí el error de pensar que mi hijo lloraba porque “tenía hambre”. Yo había leído que el calostro, ofrecido a demanda, era más que suficiente para alimentar a un recién nacido hasta la subida completa de la leche pero aún así decidí pedir en el hospital un biberón de leche artificial.

Como ya comenté en mi primer post, la conjunción: bebé nacido antes de término + cesárea + incorporación precoz de leche artificial da como resultado una probabilidad altísima de desarrollar intolerancia/alergia a las proteínas de leche de vaca.

Cuando mi hijo comenzó con la pérdida acusada de peso y los vómitos sin control, yo me obsesioné con la lactancia. Llegué a pensar de todo; desde que mi leche no era buena y por eso la vomitaba, hasta que no tenía suficiente para suplir sus necesidades o que no sabía amamantarle de forma correcta y por eso no cogía peso. 

La obsesión porque recuperara el peso del nacimiento me llevó a ofrecer el pecho a mi hijo a todas horas, sin control, sin descanso y sin respetar sus ritmos de sueño. “Tiene que comer” “Tiene que comer”… -me repetía continuamente. Pero lejos de engordar, mi bebé iba perdiendo peso por momentos porque las proteínas de leche de vaca que yo ingería se las transmitía a través de mi propia leche.

Cuando por fin le diagnosticaron su intolerancia me recomendaron una dieta exenta de lácteos, pero en ese momento me sentí tremendamente aturdida: hormonas a flor de piel, un hijo enfermo y con tan mal aspecto que casi no reconocía, un cansancio extremo… Estaba, literalmente, agotada. Nadie me informó en qué consistía una dieta exenta de lácteos y creí (primer error de quienes no conocen este terrible problema) que con no tomar leche, mantequilla, yogures y queso sería suficiente. Pero no tomar lácteos es mucho más que eso… Es eliminar de un plumazo de tu dieta un sinfín de productos que jamás pensarías que están elaborados con leche.

Por otro lado, me encontré de bruces con la desaprobación de mi ginecóloga de seguir esta dieta. Ella aludía que una mujer en pleno post-parto y amamantando necesitaba, más que nunca, tomar el calcio proveniente de la leche. ¡Cuánta falta de información y qué complicado se me hizo todo! Mi nivel de saturación llegó a tal extremo que decidí, finalmente, abandonar la lactancia materna y centrarme exclusivamente en la lactancia artificial.

Ahora sé que hubiera podido llevar una dieta exenta de lácteos, variada y rica en calcio, sustituyendo alimentos “prohibidos” por tantos otros que se pueden encontrar en el mercado.

Mi consejo es que si diagnostican a vuestros hijos  APLV y estáis dando de mamar, no tiréis la toalla. Hay muchos caminos y muchas alternativas que os permitirán seguir con una lactancia segura para vuestros bebés.