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provocación oralLa semana pasada, como comenté en este post, nos enfrentamos a la segunda prueba de provocación oral. Para los que no habéis pasado nunca por una explico en qué consiste  en este post  pero hoy me centraré en hablaros de nuestra experiencia y de los resultados que obtuvimos.
Para empezar he de decir que encontré cambios sustanciales con respecto a la primera prueba que nos hicieron cuando mi hijo tenía 8 meses:
  • Esta segunda prueba se la hicieron en el hospital de día, cerca del módulo de urgencias, mientras que la primera vez fue en el módulo de consultas externas y ya comenté en este post lo interminable que se me hizo el camino a urgencias cuando tuvieron que trasladar a mi hijo tras la reacción que tuvo.
  • Esta vez la prueba era en grupo. Había cuatro niños más aparte del mío, todos ellos mucho más pequeños que mi hijo (el mayor tenía 11 meses frente a los casi 3 años de mi hijo).
  • Esta vez se le dio a tolerar 140 ml de leche repartidos en varias tomas mientras que la primera vez tuvo que tomar un biberón de 300 ml. La enfermera me explicó que se había decidido bajar la dosis de leche ofrecer porque muchos niños vomitaban sin llegar a tener claro si lo hacía por “empacho” o por reacción alérgica.
Nada más llegar le hicieron un prick y un control de peso. El último era del mes de octubre del año pasado y los médicos temían que en este tiempo se hubiera sensibilizado, pero las pruebas cutáneas salieron negativas, como siempre, por ello se procedió a realizar la provocación oral.

La ingesta de los 140 ml de leche tuvo lugar en 4 tomas, con intervalos de entre 10-30 minutos entre cada una de ellas.

Tras la tercera toma comencé a apreciar unos sutiles surcos morados bajo los ojos de mi hijo, unas ojeras muy características que se le formaban cuando era bebé y aún no habíamos dado con su problema. Sin embargo, ni mi marido que me acompañaba ni el personal sanitario apreciaban lo mismo que yo, ¿serían paranoias mías?. Tras terminar la última toma se produjo el primer vómito. Fue una bocanada nada más aunque a mí ya me puso en alerta pues mi hijo no acostumbra a eructar con bocanada cuando termina de comer. Aunque es cierto que mi peque no paró de jugar y de interactuar con otros niños en las 4 horas que estuvimos en la sala, algo me decía que la prueba no estaba saliendo bien. A los continuos gases se sucedieron episodios más o menos largos de hipo y algo de irritabilidad y cansancio.
Tras pasar toda la mañana en el hospital acabaron dándonos el alta con las pautas que debíamos seguir a partir de ese momento desde casa: 1 vaso de leche de vaca al día durante una semana para pasar a 2 vasos en la segunda semana y la introducción de otros productos lácteos al mes exacto.
Pero las indicaciones médicas quedaron en agua de borrajas pues nada más llegar a casa mi niño comenzó a quejarse de dolor de garganta. Se llevaba las manos al cuello y decía que tenía “algo”, y tosía y daba arcadas en seco para tratar de eliminarlo. Tras quince minutos de interminables arcadas ocurrió el vómito en propulsión por boca y nariz, igual que cuando era bebé.
Vomitó todo lo que tenía en el estómago y dados sus antecedentes de brusca deshidratación decidimos llevarle de inmediato al hospital.
Por suerte, allí toleró bien el suero bebido y no necesitaron inyectárselo pero los dolores de tripa y el malestar continuaron durante todo el día siguiente. Así pues, y a falta de la valoración final por parte de la gastroenteróloga que está llevando su caso, está más que claro que mi hijo continúa con su alergia a la proteína de leche de vaca. Es cierto que con la edad que tiene ya forma parte de un porcentaje más que ínfimo de niños alérgicos pues, como he dicho en varias ocasiones, esta alergia suele desaparecer en el primer año de vida.
Desconozco qué nos dirá la doctora cuando tengamos consulta pero si algo tengo clarísimo tras la nefasta experiencia de esta segunda vez es que no volveré a hacer pasar a mi hijo por algo así nunca más.