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Hay momentos de la vida de tus hijos que te gustaría poder congelar y revivirlos una y otra vez. Sus primeros pasos, la primera vez que dicen “mamá”, verles con la mochila del cole colgadita a la espalda…

Yo grabé en mi memoria para siempre la primera vez que mi hijo Miguel se comió un petit-suisse. A muchos les parecerá una bobada, pero seguro que los padres y madres de niños con alguna alergia a la proteína de la leche me entienden a la perfección.

Fue una tarde de abril. Acabábamos de volver del hospital donde le hicieron la provocación y él aún no entendía bien el motivo de nuestra enorme felicidad.

Desde que le diagnosticaron su alergia a los 5 meses de vida siempre mantuvimos la esperanza de que la superaría. Y yo pensaba, y si no la supera, probaremos con la desensibilización, y si tampoco, removeremos Roma con Santiago…

Pero durante ese tiempo, no todo fue esperanza, también tuve mis momentos de bajón, a veces agotada de pasar tantas horas en el súper estudiando etiquetas, a veces por la frustración de no poder darle una simple galleta normal y corriente…

Creo que los peores momentos los he vivido siempre fuera de casa. Porque dentro, más o menos, lo tenía todo controlado, pero cuando salíamos a comer fuera, o íbamos a comer a casa de alguien, entonces ya se me agarraban los nervios al estómago y rara era la vez que conseguía relajarme y disfrutar.

Pero entonces llegó el 11 de abril de 2012. Fui con él al hospital solita porque mi marido no pudo acompañarme. Creo que fueron las cinco horas más largas de toda mi vida. Primero unas gotitas, luego unos mililitros, luego un chorrito… así hasta completar un biberón enterito. Y nada. Ni manchitas en la piel, ni dolor de tripa, ni palidez… según lo estoy recordando se me pone un nudo en la garganta y me dan ganas de llorar de emoción de nuevo.

Y así es como la vida quiso darnos ese enorme regalo. Y, para terminar, os contaré una anécdota que siempre me hace sonreír. Esa misma tarde, ya en casa, mi madre y yo le contábamos las cosas que podría comer desde ese momento: salchichón, quesiiitos, yoguuures, galleeetas, carameeelos, ganchiiitos, piiiizza, croqueeetas… y él, encantado, con esa carita de pillín que aún conserva, añadió con el mismo tono que nosotras empleábamos: aaaagua. Angelito.

Autora: Bárbara, madre de Miguel, ex-APLV y autora del blog “Y entonces llegó el caos”

Si quieres contar tu experiencia con la APLV de tu hijo escríbeme a: mimenusinleche@gmail.com