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 El tema del que trato hoy constituye un serio problema, no sólo de salud sino también a nivel social, para los bebés y padres que lo sufren: el reflujo gastroesofágico agudo.
Por desgracia puedo hablar largo y tendido de ello porque mi hijo lo padeció hasta los 7 meses de edad y en ocasiones se convirtió en un verdadero infierno para él y para nosotros.

Con escasos días de vida mi peque comenzó a sufrir reflujo gastroesofágico. Para quienes no conozcáis esta afección de los bebés, el reflujo es la presencia de bocanadas de leche tras las tomas (ya sea de pecho o de biberón) que se suceden sin ningún tipo de esfuerzo (es decir, sin arcadas, como sí ocurre con el vómito) . El esófago es un músculo que conduce el alimento hasta el estómago. Al final del esófago hay un esfínter que a veces se abre o no se cierra adecuadamente tras la ingesta de la leche y esto provoca que el alimento vuelva a subir a la boca produciendo la regurgitación. Suele ser muy común en los bebés (más de la mitad de los recién nacidos lo padece) y se debe principalmente a su inmadurez intestinal o a un exceso de alimento (es decir, les proporcionamos más leche de lo que sus pequeños estómagos son capaces de almacenar).

Pero el reflujo de mi hijo iba más allá. Era un reflujo muy acusado, que le producía vómitos en abundancia detrás de todas las tomas, irascibilidad, insomnio, pérdida de peso y mucho llanto. Estos signos podían esconder dos problemas mayores:

  • Problemas fisiológicos y/o anatómicos: producidos por hernias, tumores, malformaciones anatómicas… (que quedaron descartadas con la realización de una ecografía –a veces también hace falta una endoscopia)
  • Alergia a la Proteína de Leche de Vaca: el 42% de los niños con reflujo llega a este cuadro agudo como consecuencia de una alergia (ya diagnosticada o no. Incluso a veces se diagnostica la APLV por la existencia de reflujo agudo)

En nuestro caso concreto diagnosticaron a mi hijo su alergia antes que el reflujo gastroesofágico agudo pero la leche que estuvo consumiendo durante 3 semanas antes de la detección de su alergia le causó tanto daño que aún con el tratamiento de leche hidrolizada seguía sufriendo vómitos y llantos desconsolados. Esto derivó en un tratamiento farmacológico durante muchos meses así como grandes dosis de paciencia, amor y pequeños trucos que le aliviaban sus molestias:

  • Hacerle expulsar los gases antes, durante y después de cada toma
  • Darle la toma lo más incorporado posible
  • No acostarle nada más comer
  • Mantener al niño sentado o semisentado la mayor parte del día
  • Dormir sobre un colchón inclinado por cojines o almohadas
  • Cogerle en brazos lo menos posible para no “moverle” demasiado el estómago

Si estos consejos y la ayuda farmacológica no dan resultado se recurre, como última opción, a la cirugía, siempre y cuando el RGE sea muy fuerte y los médicos así lo aconsejen. Por suerte nosotros fuimos capeando el temporal como pudimos aunque fue duro ver a mi hijo dormir durante meses en una silla del grupo 0, no poder salir con él a pasear en el carrito porque vomitaba continuamente, no poder cogerle en brazos ni moverle, o despertarle para la toma y encontrarle empapado en su propio vómito de pies a cabeza.

Cada vez que salíamos con él a la calle debía llevar entre 2 y 3 ropas de repuesto y siempre, siempre, iba con un babero. Como dato curioso -para que os hagáis a la idea del reguero constante de vómitos que tuvimos que padecer durante muchos meses- os diré que al día solía lavar entre 20 y 30 baberos.

A medida que fuimos introduciéndole la alimentación sólida (primero los cereales y luego la papilla de frutas) su reflujo fue minimizándose hasta desaparecer por completo en torno a los 7 meses de edad. Es extraño que pasados los 6 meses los bebés continúen con reflujo. Si esto ocurre se debe hacer un mayor seguimiento del paciente ya que un reflujo prolongado podría ocasionar otras enfermedades serias como asma, sinusitis, infecciones del oído, apnea o esofagitis.